Castillo de Andrade

Dominando el valle y la ría, en una peña llamada Leboreiro,
se alza el Castillo de Andrade.

Lo construyó Fernán Pérez de Andrade, entre los años 1369 y 1377.

La torre del homenaje es lo que se halla en mejor estado.
Por sus reducidas dimensiones se supone que sirvió como baluarte destacado o atalaya.

Vieja gloria militar de la Edad Media

De sólida construcción, sus muros apenas calados por estrechas saeteras, y estratégico emplazamiento, este castillo roquero fue en su día una verdadera joya como atalaya de defensa.

Se dice que la peña sobre la que se alza sobriamente, fue pulida por varias partes para hacerlo inaccesible, si bien complicaba aun más la tarea al enemigo el profundo foso que la rodeaba. Pero está claro que su principal arma de defensa fue su propia situación.

Desde lo alto de la torre que mide unos 20 metros se alcanzan a ver las rías de Ferrol, Ares y Betanzos. Así pues, la mayor parte de las tierras del Señorío de los Andrade estaba bajo su atenta mirada.

Por ser pequeño y de escasa capacidad de alojamiento apenas servía como residencia, de hecho la familia y la pequeña corte vivían en el Palacio que existía en la villa. Sólo en momentos de verdadero peligro subían a refugiarse al castillo y posiblemente lo hacían, si hacemos caso de la leyenda popular, a través de un camino subterráneo que se dice comunicaba las edificaciones.

El antiguo castillo fue testigo de cruentas batallas, como el levantamiento heroico de los irmandiños que desmantelaron casi todas las fortalezas de Galicia, pero que no pudieron con sus muros. Tampoco el paso de los siglos acaba con esta construcción de sillería, únicamente su interior está totalmente destruido. La torre tenía tres pisos, según delatan los huecos donde se empotraron las vigas. El superior estaba cubierto por una bóveda de sillería que todavía puede contemplarse hoy.

La remataba una terraza que en su tiempo debió tener almenas y matacanes. Según un estudio realizado en 1903 por el general ferolano Andrés A. Comerma, en la parte baja del castillo, que tenía dos pisos, estaban los alojamientos: “…cuatro ventanas hay en los muros: dos en el del E., una de dos arcos de medio punto, indicación precisa de habitación familiar, y otra con asientos de piedra, a manera de mirador; y las dos restantes en el del O., una con asientos y otra que más bien parece de defensa”. La plaza de armas debió ser muy pequeña y la única puerta de entrada al castillo, defendida por dos pequeños torreones prismáticos, se cerraba con un rastrillo y una puerta interior de doble hoja. En la parte superior coronaba este acceso el escudo de los Andrade, hoy prácticamente pulido por el paso del tiempo.

El castillo del hambre (LEYENDA)

Al pasar por delante de este castillo, todavía hay campesinos en el lugar que se santiguan diciendo: “Que Deus teña na gloria os que morreron no castelo da fame”. Una plegaria respetuosa que obedece a la romántica y cruel historia legendaria, transmitida de padres a hijos, entorno a un espantoso calabozo secreto que se dice existió en esta fortaleza y en el que dos jóvenes amantes fueron enterrados en vida.

FuE a finales del año 1389, cuando este castillo estaba al cuidado de un alcaide robusto y fuerte, un tanto presuntuoso y enamoradizo, llamado Pero López. Un hombre violento y cruel que planificó y llevó a cabo la más horrible de las venganzas.

Le había echado el ojo a la joven Elvira, doncella de la Señora de Andrade, pero ella no correspondía a sus atenciones pues tenía amores con Mauro, el paje favorito del Señor por tratarse de su hijo bastardo. Ambas circunstancias, ser el preferido de Elvira y del propio Conde, fueron poco a poco avivando las llamas del profundo odio que Pero Lopez llegó a profesar al joven Mauro.

Una tarde, bajó al Pazo de la Villa a arreglar unos asuntos y allí vió a Mauro y a Elvira cuchicheando y sonriendo. Se burlaban del amor que la joven había inspirado al viejo alcaide y, a carcajadas, le miraban con desdén. Pero López, estremecido de rabia y de celos, les juró odio eterno y comenzó a maquinar su venganza, que a los pocos días llevó a cabo con la mayor sangre fría.

Ayudado por Zaid, un exclavo negro que le obedecía ciegamente como un perro y que para mayor suerte era mudo, narcotizó y secuestró a los jóvenes amantes, trasladando sus cuerpos desmayados a un subterráneo escondido en la torre del castillo del cual muy pocos tenían noticia. Se accedía a él bajando unas pendientes y ruinosas escaleras que conducían a una reducida estancia, húmeda y oscura. Allí, una de aquellas paredes mohosas se abría, manejando un resorte habilmente ocultado, dando paso a una celda maloliente y repugnante. Frente a frente, contra dos de los muros del lugar, depositó los cuerpos de los amantes, ambos sujetos con cadenas y atormentados con mordazas de madera.

Los dos jóvenes estuvieron mucho tiempo sufriendo el horroroso martirio de contemplarse en aquella situación de la cual no podían librarse. Mientras, el Señor de Andrade en vano intentaba dar con el paradero de su querido paje y de la doncella de su mujer, pero con el paso de los días fue haciendo caso a las habladurías del pueblo y creyendo que habían huido juntos.

Al cabo de los meses, una mañana ya de verano llevaron al Pazo de la Villa a Pero López malherido. Había tenido una pelea con un escudero a causa de cierta hazaña que hiciera la moza de éste. Y cuando el Conde fue a verle a su lecho de muerte, escuchó del alcaide la confesión de su espantoso crimen, cuyos remordimientos le aterrorizaban en esa hora fatal de su vida: “Señor, os pido perdón. Fuí yo quien, por envidia y genio, enojado por el desprecio de Elvira, encerré en el subterránio de la torre a ella y a vuestro paje Mauro… Mi intención no era acabar con sus vidas, sino vengar mi corazón roto causando un profundo sufrimiento a los amantes. El esclavo negro les llevaba de comer, hasta que un día Mauro logró librarse de las cadenas y le atizó con el hierro dejándole malherido. Pero mientas el rapaz acudía a liberar a Elvira, el fiel Zaib se arrastró hasta llegar a la poterna y, aunque cayó muerto a la entrada del calabozo, tuvo tiempo de cerrar el muro impidiendo la salida de los jovenes. Al cabo de las horas, cuando lo eche de menos, baje al subterráneo y encontré al negro muerto, con la cabeza destrozada y ensangrentada… ¡Cogí miedo, Señor!, comprendí lo que había sucedido y no me atreví a descorrer el muro nunca mas, ¡y los infelices murieron de hambre!…”

Ante tan espantoso relato, el Señor de Andrade enterró su daga en el pecho del asesino de su hijo, arrancándole la poca vida que le restaba. Luego corrió al subterráneo del castillo, vertiendo lágrimas de desesperación y allí descubrió los cuerpos de los dos amantes, que se encontraban juntos en un abrazo de eterna despedida. Después que les hizo un entierro casi regio en la Villa, el Conde se encerró en su castillo y pasó llorando los días que le quedaron de vida, a aquel hijo querido, muerto tan joven y de un modo tan horroroso.